Pruebas DEFINITIVAS que demuestran que Dios NO creó LA VIDA en la Tierra

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  • 12 septiembre, 2017

7¿Qué gigantes? dijo Sancho Panza. Aquellos que allí ves, respondió su amo, de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas. Mire vuestra merced, respondió Sancho, que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que volteadas del viento hacen andar la piedra del molino. Bien parece, respondió Don Quijote, que no estás cursado en esto de las aventuras; ellos son gigantes, y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.

El ingenioso hidalgo don Quixote de la Mancha. Capítulo VIII

La evolución explicada a creacionistas

En el campo del creacionismo, como en todas las supersticiones y negacionismos, existen dos clases de adeptos.  Los primeros son los gurús, aquellos que se erigen en guías del resto de creyentes.  Los gurús se dedican a propagar su doctrina mediante libros, blogs, vídeos, etc. y suelen frecuentar las páginas y foros de los malvados que ponen en peligro su religión.  Además, la mayoría tiene cierta formación (algunos incluso bastante) y simplemente retuercen sus conocimientos para que se ajusten a sus prejuicios, o directamente mienten.  Con estos hay poco que hacer, aparte de dejarles en ridículo cuando intervienen en un foro donde participan personas con un nivel medio.

Sin embargo, la gran mayoría de creacionistas son simplemente gente cuya única fuente de información han sido sus gurús.  Sus únicos conocimientos sobre lo que es la Teoría de la Evolución, nuestro estado actual de conocimiento y sobre las pruebas que la apoyan provienen de fuentes sesgadas y manipuladas, que les hacen concebir una idea grotesca y distorsionada sobre esta teoría y la ciencia en general.  Lo que ellos piensan que es la evolución no es más que una burda caricatura.  Estos son algunos de los “mitos” que tienen los creacionistas sobre la evolución:

El Universo no pudo surgir por azar, como dice la Teoría de la Evolución.
La Teoría de la Evolución no tiene nada que ver con el origen del Universo.  De hecho no es ni siquiera la misma ciencia.  La Teoría de la Evolución es una teoría de la Biología, mientras que el Big Bang, la teoría que intenta explicar el origen del Universo, es parte de la Cosmología que, a su vez, es parte de la Física.

La Teoría de la Evolución dice que la vida surgió de la nada.
De nuevo, un error (o manipulación) de bulto.  La Teoría de la Evolución no hace ninguna afirmación sobre el origen de la vida.  Lo que explica esta teoría es… ¡la evolución de los seres vivos!  Es decir, como las especies cambian con el tiempo y se adaptan al medio ambiente.  La teoría más aceptada sobre el origen de la vida es la teoría de la abiogénesis (aunque existen otras).

Es imposible que una mutación genere una especie nueva.
La Teoría de la Evolución no afirma que cada especie haya surgido como resultado de una única mutación en una especie anterior.  Para empezar, las mutaciones no son la única causa de variación genética, pero antes hay que explicar en qué consiste la información genética.  El código genético se compone de un conjunto de cromosomas que son moléculas de ADN o ARN.  Estas moléculas de ADN o ARN son cadenas largas de unas moléculas llamadas nucleótidos. Cada cadena contiene sólo cuatro tipos diferentes de nucleótidos o bases (adenina, guanina, citosina y timina para el ADN y uracilo en lugar de timina para el ARN) que se encadenan con diferentes ordenaciones.  Cada grupo de cuatro nucleótidos codifican uno de los 20 aminoácidos posibles o regula la expresión de otros genes.  Las proteínas de las que estamos compuestos los seres vivos son cadenas (algunas de ellas enormes) de aminoácidos, de forma que hace falta una larga secuencia de grupos de cuatro bases para codificar una proteína.  Esta secuencia se denomina gen.  Bueno, el proceso es un poco más complicado, pero más o menos, esta es la imagen global.

Una mutación no es más que un error de copia que provoca que una base dentro de un gen sea sustituida por otra.  Esto puede no tener ningún efecto ya que un mismo aminoácido es codificado por más de una combinación de bases, provocar que se sintetice un aminoácido diferente o modificar la expresión de ese u otro gen.  Si existe un efecto, este puede la modificación de una proteína, haciéndola más o menos eficiente, la no expresión de un gen (y por tanto no se sintetizará esa proteína) o incluso la síntesis de una nueva proteína.  Pero como ya he dicho, la mutación no es el único mecanismo que produce variación.  Cuando se copia una molécula de ADN se pueden perder genes, se pueden duplicar o incluso pueden cambiar de lugar.  Y eso sin contar que, en las especies con reproducción sexual, cada individuo contiene una mezcla única de los genes de ambos progenitores y que muchos organismos unicelulares son capaces de intercambiar genes con otros individuos e incorporarlos a su propio código genético.

Pero la variación es sólo uno de los requisitos de la evolución.  Lo que los creacionistas suelen obviar es que, una vez que se ha producido una variación, entra en juego la selección natural.  Al producirse al azar, las variaciones en el código genético pueden ser beneficiosas, perjudiciales o neutras.  Si la mutación es perjudicial, el individuo estará peor adaptado al ambiente, sus posibilidades de supervivencia y reproducción serán menores que las del resto de su especie y esa variación acabará por desaparecer.  Si es beneficiosa, ocurrirá lo contrario, aumentando las probabilidades de supervivencia y reproducción.  Al tener más descendientes que los demás, y esos descendientes, a su vez, más descendientes, la nueva variación llegará a ser dominante o incluso exclusiva.  Normalmente, los cambios beneficiosos son pequeños, pero después de acumular millones de esas variaciones, el individuo es totalmente diferente de sus primeros ancestros… es de otra especie.

Una mutación única es muy improbable que cree una nueva especie porque, al ser al azar, cualquier cambio lo bastante grande como para generar una nueva especie lo más probable es que haga al organismo inviable.  Por eso lo habitual es que las especies surjan como consecuencias de la acumulación de pequeñas mutaciones que, consideradas individualmente no son las causantes de la nueva especie.  Es como preguntarle a un millonario cuál de sus euros es el que le hizo millonario.  Sin embargo, aunque la probabilidad es muy baja, sí se puede dar la circunstancia de que una sola mutación cree una nueva especie.  Un ejemplo de ello son los plátanos.  El plátano amarillo y dulce que es tan habitual en nuestra dieta no existía hasta el siglo XIX.  Es una especie que apareció en 1836 en una plantación de Jamaica como consecuencia de una mutación del plátano salvaje, que no se puede comer crudo.

La datación por radioisótopos no son precisas.
Este es uno de los mantras repetidos una y otra vez por los creacionistas creyentes en la Tierra Joven (o sea que la tierra tiene unos 6000 años de antigüedad).  Es uno de los casos más extremos de negacionismo: si me presentan pruebas de que estoy equivocado, las niego y punto.  La datación por radioisótopos no sólo son precisas y son ampliamente usadas y comprobadas sino que, además, son congruentes entre sí y con otros métodos de datación.

No existe una única técnica de datación por radioisótopos.  En realidad, cualquier elemento radiactivo puede ser usado para datar una muestra, siempre que se encuentre presente en cantidad suficiente para ser detectado.  Tal vez el radioisótopo más conocido sea el 14C, aunque no es el único.  El 14C se produce de forma natural como resultado de la interacción de los rayos cósmicos en la atmósfera.  Dado que es radiactivo, al mismo tiempo que se produce, se va desintegrando y desapareciendo.  De esta manera se establece un equilibrio donde los nuevos átomos formados sustituyen a los que se desintegran.  Dado que químicamente es idéntico al carbono estable, el 14C se combina con el oxígeno atmosférico para formar dióxido de carbono que es incorporado por las plantas a sus tejidos y, a su vez, a los tejidos de los animales que se comen esas plantas.  Mientras la planta o el animal está vivo, su alimentación incorpora nuevos átomos de carbono radiactivo que reemplazan a los átomos desintegrados, de forma que la proporción de átomos radiactivos y estables permanece constante.  Pero cuando la planta o el animal muere ningún mecanismo reemplaza los radioisótopos desintegrados y la proporción empieza a bajar de forma conocida, por lo que midiendo la proporción entre 14C y los isótopos estables del carbono se puede calcular con mucha precisión cuánto tiempo hace que murió ese ser vivo.  Este método de datación es muy útil, pero tiene algunas limitaciones.  Sólo se puede emplear con muestras orgánicas y, dado que la semivida del 14C es de algo más de 5000 años, no podemos datar objetos de más de 70 ú 80.000 años.

Es por eso que se emplean otros radioisótopos para datar rocas o muestras muy antiguas.  Así, por ejemplo, tenemos el método del Potasio-Argón.  El potasio es un elemento muy abundante en la Tierra, tanto en rocas como en los seres vivos.  Uno de sus isótopos, el 40K, es radiactivo y cuando se desintegra decae en 40Ar y 40Ca, ambos estables.  Dado que el argón es un gas noble, si el potasio se encuentra formando parte de lava o roca fundida, escapará y se perderá.  Pero cuando la roca se solidifica, el argón permanece atrapado.  De esta forma, midiendo la cantidad de argón atrapado en una roca se puede saber cuánto tiempo hace que se solidificó.  Además, la semivida del 40K es de más de mil millones de años, por lo que puede ser usado para datar rocas desde la formación de la Tierra.  Y si tenemos un fósil en una capa que fue sepultada por una erupción volcánica, la datación de la erupción, y por tanto del fósil, es inmediata.  Así se ha datado el yacimiento de Hadar, por ejemplo (donde se encontró el famoso fósil de Lucy).  De forma similar funciona la datación por uranio-plomo y demás.

No se ha observado la aparición de nuevas especies.
De nuevo, como con el ejemplo de la radiodatación, este es otro caso de negación enfermiza de pruebas.  El registro fósil está plagado de nuevas especies.  Especies que sólo aparecen en estratos a partir de una cierta época y que desaparecen a partir de otra.  No sólo eso.   Ya he mencionado el caso del plátano, aparecido en 1836 (sabemos el año y el lugar, más precisión imposible), pero el ejemplo más arquetípico de nuevas especies lo constituyen los animales y plantas domésticos.  La variedad más cultivada de trigo es una especie diferente del trigo salvaje, del que desciende.  Sus semillas son mucho más grandes, su crecimiento es más rápido y ha perdido la capacidad de reproducirse sin la intervención humana.  Otro ejemplo son los perros.  Estos descienden de los lobos, que empezaron a ser domesticados hace miles de años.  La selección de las características que interesaban a los seres humanos acabó convirtiéndoles en otras subespecies, algunas tan diferentes de los lobos como los caniches, en camino de convertirse en especies diferentes.  Y lo mismo ocurre con las vacas, el arroz, las ovejas…


Fig. 1:  Un ejemplo de especie de reciente aparición.  El caniche (y los perros en general) han evolucionado en tiempos históricos a partir de lobos criados en cautividad.

Aparte de eso, sí que se ha observado la aparición de nuevas especies en un laboratorio varias veces (algo que, aunque no es necesario para probar una teoría, ya que no todo se reduce a un laboratorio, es pedido insistentemente por los creacionistas).  Por poner sólo un ejemplo, en 1971, Dobzhansky y Pavlovsky publicaron un artículo en Nature, donde daban cuenta de que un linaje de moscas Drosophila paulistorum descendiente de un ejemplar capturado en Colombia había producido una nueva especie.  Este linaje de moscas fue capaz de producir híbridos fértiles en 1958 cuando se cruzó con otro linaje procedente del Orinoco.  A partir de 1963, el cruce de los dos linajes sólo fue capaz de producir machos estériles.

La evolución no se puede probar, por lo tanto no es científica.

En ciencia, técnicamente, no se puede probar nada.  Lo que hace científica una teoría es su falsabilidad.  Es decir, debe ser posible determinar un experimento o una observación que, de producir un resultado determinado, demuestre que es falsa.  Si el resultado es el predicho por la teoría, ésta se acepta, siempre provisionalmente, porque siempre pueden aparecer nuevos datos que la refuten.



Dicho esto, la Teoría de la Evolución, y en concreto la Teoría Sintética, ha pasado todas las pruebas a las que se le ha sometido.  Cuando Darwin formuló su teoría, la cantidad de fósiles que se conocían era minúscula, nuestros conocimientos de geología estaban en pañales y no se sabía nada de genética.   Sin embargo, todos los nuevos descubrimientos en estos y otros campos no sóio no han refutado la Teoría de la Evolución sino que han concordado perfectamente.  Cuando Darwin escribió su El Origen de las Especies, el registro fósil era extremadamente fragmentario pero, a medida que se han rellenado las lagunas existentes, cada fósil ha encajado dentro del esquema evolutivo, mostrando como, a lo largo de millones de años, unas especies se convertían en otras y muchas de ellas se extinguían.  De la misma manera, uno de los grandes problemas que tenía la teoría de Darwin, el mecanismo por el que los caracteres se heredaban fue resuelto con el descubrimiento del ADN y el desarrollo de la genética.  Todos estos datos, ignorados por Darwin, han completado y desarrollado la teoría original.

La evolución no puede explicar órganos de una “complejidad irreducible”.

Aquí nos encontramos con una reelaboración de la analogía del relojero de Paley.  El primer fallo de este argumento es que no se define de forma clara cuándo algo es de una “complejidad irreducible”.  Básicamente es una forma muy elaborada de una falacia ad ignorantiam: como no me puedes explicar algo, mi explicación es la buena.  Los ejemplos típicos que suelen poner los creacionistas de órganos “complejamente irreducibles” son el ojo y el flagelo.  Desafortunadamente para ellos, tanto el ojo como el flagelo tiene una historia evolutiva perfectamente documentada en la que se observa como el ojo evoluciona desde unas simples células fotosensibles capaces de poco más que detectar si hay luz o no, hasta ojos extremadamente complejos, y proteínas en las paredes celulares que se van agrupando para desempeñar diferentes funciones hasta llegar a formar un flagelo.



Fig. 2:  Evolución del ojo a través de pequeños cambios, cada uno de ellos beneficioso para su portador.  Fuente: Blog Sin Dioses.

El científico X no cree en la evolución.
A pesar del desprecio que sienten los creacionistas por la ciencia, sienten una necesidad casi patológica de verse confirmados por esta.  Por eso no pierden la ocasión de refregarte por la cara los nombres de cualquier científico que, por uno motivo u otro, dude o haya dudado de la evolución.  Sin embargo eso esconde una profunda ignorancia sobre el funcionamiento de la ciencia.  Una teoría no es aceptada o rechazada porque lo diga alguien con prestigio.  Los argumentos de autoridad son comunes en la religión pero no sirven en ciencia.  En ciencia, quien proponga una teoría debe respaldarla con datos, no vale decir “es que yo soy muy importante”.  No importa que alguien haya ganado un Nobel o haya hecho una gran aportación a la ciencia, eso no le exime de cometer errores o de tener prejuicios.  En el colmo de la desvergüenza, en algún debate me he encontrado con que el creacionista de turno esgrimía que científicos como Newton, Galileo, Kepler o Leibnitz, entre otros fueran creacionistas.  Toda una lista de científicos anteriores a Darwin.

Es imposible que los seres vivos actuales hayan aparecido por azar.
En esta afirmación se mezcla la falta de comprensión sobre la evolución y un razonamiento lógico erróneo.  Los creacionistas, por algún motivo, no conciben que grandes cambios se pueden lograr como la acumulación de muchos pequeños cambios.  El que una especie sufra de repente un cambio lo bastante grande como para transformarse en otra es extremadamente improbable, pero no es eso lo que dice la Teoría de la Evolución.  Pequeños cambios son no sólo posibles, sino muy probables.  Una vez que el cambio se ha producido, éste puede ser beneficioso, neutro o perjudicial y la selección natural se encargará de seleccionar y fijar aquellas variaciones que proporcionen alguna ventaja a sus portadores.  Además, otra cosa que tampoco acaban de entender los creacionistas es que un órgano o una estructura determinada puede cambiar de función en el proceso de evolución.  Así, en su origen, la función de las protoplumas no tenía nada que ver con el vuelo, sino que eran un sistema de aislamiento y regulación de la temperatura interna, o los huesos del oído fueron en su origen parte de la mandíbula.

El otro error que cometen los creacionistas es el considerar que la evolución tiene un objetivo concreto.  No es así.  Ninguno de los seres vivos que existen actualmente tendrían por qué haber existido.  Si pudiéramos volver atrás en el tiempo y poner de nuevo de marcha los procesos evolutivos las especies resultantes serían muy distintas.  Habría ciertos parecidos, porque la presión de la selección natural fuerza a que se den ciertas soluciones evolutivas, pero nada más.

La evolución viola el segundo principio de la Termodinámica.
Este es otro argumento basado en la ignorancia o directamente en la manipulación.  El segundo principio de la Termodinámica dice que en cualquier sistema cerrado, la entropía (que puede ser considerada como una medida del desorden) siempre aumenta.  Pero resulta que la materia viva está más ordenada que la inerte, por lo que los creacionistas argumentan que se está violando este principio.  El problema es que esto sólo se aplica a sistemas cerrados.  Si el sistema considerado intercambia energía con el exterior, como hace la Tierra, puede disminuir su entropía.


La Teoría de la Evolución condujo al nazismo y a Hitler.
Esto es directamente una mezcla de falacia ad consequentiam y mentira.  La Teoría de la Evolución, como cualquier teoría científica, es moralmente neutra.  Se limita a describir un fenómeno observado.  Las consecuencias “morales” que queramos extraer de ella son irrelevantes en cuanto a su veracidad.  La realidad es la que es, independientemente de que nos guste o no.

Pero es que, además, esta es una afirmación falsa.  Hitler fue toda su vida católico y en numerosas ocasiones dejó claro que era creacionista:

Esto nos impulsa al mantenimiento de razas sin mezcla, que es un fenómeno que prevalece a lo largo de todo el mundo natural, que resulta no sólo en la distinción claramente definida de una especie y otra sino también en la similitud interna de cualidades características que son peculiares de cada raza o especie.  El zorro es siempre un zorro, el ganso es siempre un ganso y el tigre retiene las características de un tigre.  La única diferencia que puede existir dentro de una especie deben ser en los diferentes grados de resistencia estructural y potencia active, en la inteligencia, eficiencia, resistencia, etc., con los que los individuos son dotados.

Adolf Hitler.  Mein Kampf.

¿De dónde sacamos el derecho a creer que, desde el mismo comienzo, el hombre no era lo que es hoy? El mirar a la Naturaleza nos dice que, en el reino de las plantas y los animales los cambios y desarrollos ocurren.  Pero en ningún sitio dentro de una clase se da un desarrollo como el enorme salto que el hombre supuestamente hubiera dado si se hubiera desarrollado desde un estado simiesco a lo que es hoy.

Adolf Hitler.  Tischgespräche

No sólo Hitler era creacionista.  Los libros de Darwin y todos los que hablaran sobre evolución figuraban en la lista de libros prohibidos y fueron quemados en las famosas quemas de libros nazis.

Además, la eliminación de otras “razas” es precisamente lo contrario de lo que haría un evolucionista que pretendiera aplicar alguna forma de control en la especie humana.  La uniformidad implica pobreza genética.  Una población muy uniforme es una población con muy poca variedad genética, por lo que es más vulnerable a cambios en el ambiente, aparición de nuevas enfermedades etc.  Si un evolucionista intentara llevar a cabo alguna clase de programa eugenésico intentaría fomentar la mayor variedad posible y la mezcla de poblaciones.

El registro fósil no apoya la Teoría de la Evolución.
Todo lo contrario.  No sólo los fósiles demuestran que la evolución es un proceso tal y como postuló Darwin, sino que, a pesar de que en la época de Darwin el registro fósil estaba tremendamente incompleto, ha sido posible colocar todos los fósiles descubiertos desde entonces en un esquema evolutivo, mostrando cómo las especies más antiguas iban evolucionando hasta dar lugar a las especies modernas.  Además, el registro fósil es confirmado por la genética.  Las especies que según el registro fósil, tienen un antepasado común más moderno presentan mayor afinidad genética que aquellas especies que divergieron antes.



Fig. 3:  La evolución humana mostrada a través del registro fósil.  De izquierda a derecha y de arriba a abajo:  Australopithecus africanus, Homo rudolfensis, Homo erectus, Homo heidelbergensis y Homo sapiens.  Cráneos expuestos en el Museo Smithsonian de Historia Natural.

La Explosión Cámbrica contradice la Teoría de la Evolución.
A veces los nombres que se dan a ciertos fenómenos, aunque con un sentido muy claro para los especialistas, confunden (o son usados para confundir) a los legos.  Cuando los creacionistas hablan de la Explosión Cámbrica, lo mencionan como si de un día para otro, de repente, hubieran aparecido miles de especies nuevas.  Y aparecieron nuevas, a lo largo de 80 millones de años.  Fue un acontecimiento súbito… a escala geológica.  La Tierra tiene unos 6.000 millones de años, por lo que si algo sucede en 70 u 80 millones de años, se puede considerar súbito, pero desde luego es tiempo más que suficiente para que los procesos evolutivos actúen sin problemas.  Hace unos 560 millones de años se experimentó una diversificación de la vida sin precedentes.  Cientos, posiblemente miles, de nuevas especies aparecieron con las formas más variadas.  Cuando se descubrieron los primeros fósiles que indicaban este fenómeno, a finales del siglo XVIII parecía que las especies habían surgido de la nada.  Darwin dedicó un capítulo de su libro a discutir cómo su teoría era compatible con este hecho.  Sin embargo, desde entonces ha llovido mucho, y se han encontrado muchos depósitos que contienen fósiles precámbricos.  Tenemos fósiles de 2.700 millones de años de colonias de microorganismos, cuya abundancia decae abruptamente hace unos 1.700 millones de años, seguramente debido a la aparición de “pastoreantes”.  Los fósiles encontrados de menos de 1.000 millones de años muestran el desarrollo de numerosas espinas y medidas de protección, lo que indica la presencia cada vez mayor de depredadores.  La existencia de estos depredadores es un indicio muy fuerte de que los animales que surgieron en el Cámbrico no surgieron de la nada.

No existen “especies de transición”.
En los linajes en los que el registro fósil es lo bastante completo se observa como unas especies van desarrollando nuevas características que les acaban convirtiendo en nuevas especies, e incluso nuevas clases y filos con toda una colección de fósiles intermedios.  El ejemplo más característico es el de las aves.  Tenemos fósiles de un tipo particular de dinosarios, los Terópodos, caracterizados entre otras cosas porque eran bípedos.  De éstos surgieron los Maniraptora, en los que se observan especies que desarrollan plumas y alas, hasta dar lugar a las aves.  De hecho, existen varias especies en la que los especialistas no se ponen de acuerdo sobre si clasificarlas como dinosaurios evolucionados o aves primitivas.


Fig. 4:  Archeoptherix, dinosaurio que desarrolló alas y plumas como las de las aves modernas, pero que conservaba elementos de dinosaurio, como los dientes. Fuente: Wikipedia.

Pero tampoco hace falta recurrir a fósiles para encontrar “especies de transición”.  De hecho, todas y cada una de las especies vivientes actuales son “de transición”.  La evolución no se detiene y las especies evolucionan (o se extinguen).  Ninguna especie es definitiva, ni siquiera nosotros.

Actualmente se conocen muchísimos ejemplos de poblaciones en distinto grado de especiación.  Por ejemplo, la Drosophila ananassae y la Drosophila pallidosa son dos moscas de Melanesia.  En la naturaleza no se aparean casi nunca porque, aunque los machos cortejan a las hembras de ambas especies, las hembras eligen casi siempre a machos de su propia especie.  Sin embargo, en laboratorio se obtienen híbridos fértiles.  En un grado más avanzado de especiación tenemos a los caballos y los burros.  Aunque son capaces de producir híbridos, los machos son siempre estériles y las hembras tienen una fertilidad extremadamente baja.

One Comment

  • Maria Teresa Acuña dice:

    ME PRODUCE UNA GRAN VERGÜENZA HABER SIDO UNA INGENUA CREACIONISTA QUE PENSABA QUE LA NADA PRODUCÍA SOLO NADA Y QUE EXISTIERON UNAS PARTICULAS SURGIDAS DE SI MISMAS, TAN VIVAS, TAN INTELIGENTES PARA AGRUPARSE Y A MEDIDA QUE SE HACÍAN MÁS COMPLEJOS SUS AGRUPAMIENTOS TOMABAN DIFERENTES FORMAS Y FUNCIONES, SE DICTABAN A SÍ MISMAS LAS LEYES QUE RIGEN LA FÍSICA, LA QUIMICA, LA BIOLOGÍA, LA ASTRONOMÍA, ETC. ETC. TAN LABERÍNTICOS RAZONAMIENTOS CON TAL DE NO ACEPTAR LA EXISTENCIA DE UN SER SUPREMO, TODO SABIDURÍA, TODO PODER.. PROMETO PRESCINDIR DE LA NORMA QUE NOS TRANSMITIERON A TRAVÉS DE LOS SIGLOS DE QUE TODO EFECTO PROVIENE DE UNA CAUSA.

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